lunes, 1 de diciembre de 2008

Teatro alternativo en Berlín: Monster Truck

Comeback
Un escenario de los horrores


Sophiensäle, Berlín, 2-4 y 9-11 de octubre de 2008
Valoración: º

Don’t call it a comeback
I’ve been there for years
Giving you more and more (LL Cool J)

Todo está perdido. La alfombra de colores ha sido reemplazada por un campo blanco. Un burro depresivo, un lobo envuelto en piel de cordero y un armario van a una cuyo desenlace se decidió desde hace una eternidad.

En el límite del campo de batalla brindan con una taza de café por su derrota. Los vencedores de hoy son los vencidos de mañana. “No estés triste“ –dice la frase escrita con mala letra. Un consuelo poco convincente.

Su historia se repite sin piedad hasta que todo se sumerge en una melancolía dulce como el azúcar y hasta el último vestigio de Jauja quede finalmente sepultado bajo una capa pegajosa. Bienvenido al convite del funeral. Con el tiempo, el café se ha vuelto insoportablemente dulce –trece, catorce bebidos de un trago.

Monster Truck presenta un espectáculo que representa una pesadilla pandemoníaca e imponente en sus imágenes y celebra la vuelta de los muertos, que tienen que volver a visitar a su tierra (patria) para que por fin puedan ausentarse, y así navegan con un gran gesto a lo largo de la corriente del infierno – ¡en punto muerto, directamente al ocaso!

Hasta aquí la presentación oficial de la "obra".

Aunque la idea de partida no está mal, como tampoco parece malo el planteamiento de una presentación surrealista de la temática, la puesta en escena me pareció un desastre, una demostración del querer y no poder sin saber que no se puede. El grupo de actores -¿o tal vez de actuadores? - porque hasta un grupo escolar de teatro podría lograr mayor calidad- no estaba a la altura de la historia que pretendía contar y que no se entendía apenas sin haber leído nada antes.

El espectáculo de tipo Mad Max a lo cutre se desarrolla alrededor y dentro de un vehículo estrambótico multiuso para aprovechar los pocos medios de los que dispone el grupo para la puesta en escena. Las escenas en sí resultan lánguidas por largas y poco expresivas. El sonido empleado es atronador, se juega con pocas luces y la oscuridad, tal vez lo único que permite percibir la tristeza y la desesperación resultantes de una guerra en medio de la desolación.

Al principio está la palabra. Y esta palabra no vuelve durante toda la obra. La ausencia de todo diálogo o monólogo hace que la representación se vuelva algo insoportable.

"Bueno", dice el vaquero tras haber sido liberado de su envoltorio de algodón de azúcar (una escena inicial soporífera marcada por el dispersador de agua accionado por uno de los componentes del grupo, "este es el final de mi historia." Para entender qué pinta un vaquero envuelto en azúcar en esta historia de guerra, hay que saber que él ya estuvo una vez totalmente acabado, al final de la última escenificación de Monster Truck titulada "Live Tonight". Este vaquero representa un enlace absurdo con esta nueva obra malograda presentada en los Sophiensäle de Berlín.

Y es que este vaquero del último final anuncia su fin al principio de lo nuevo.

Los integrantes del Monster Truck, con su tipo de teatro de pseudoaficionados ineptos y su carácter basura se niegan a todo tipo de contar una historia, aunque sí consiguen cierto grado de unidad interna de su universo particular. Algo así como una fiesta de ciencia ficción de horror. Que uno se pueda sentir a gusto en este ambiente es cuestión de gustos. El espectador o bien se lo pasa pipa o se aburrirá como una ostra.

Otros invitados a esta fiestecilla son: un armario danzante (el vehículo estrambótico mencionado anteriormente), unos pocos guerreros muertos vivientes, un caballo que pretende ser un burro y al que le salen grifos de la cabeza. Nos encontramos en cualquier parte entre la vida y la muerte, hombres mueren y son nacidos, el ciclo eterno. Un paseo por el limbo. En el centro vemos una bola gigante con tentáculos y una auténtica cabeza de cerdo como galeona.

A parte de la frase que se pronuncia al principio, no se habla nada durante todo el espectaculillo. En su lugar se desarrollan sobre el escenario imágenes de un impacto casi monumental y atronador (yo temía por el estuco de principios del siglo XX de los techos), que al menos al principio coincidían con lo que se esperaba de la historia.

Salen guerreros cavernícolas con escudos redondos, se apostan en el borde del escenario mirando fijamente a los espectadores. Uno de ellos sale a echarles gotas para provocar lágrimas. Así pasa un buen rato entre silencios y lágrimas. Eso de las miradas fijas sin que dijeran nada me recordaba la rana mejicana de South Park, en la que pensaba mientras miraba al techo durante estos ratos de la insoportable inexpresividad del ser artístico.

El armario puesto en marcha arrastrado por un burro depresivo lanzaba mensajes por la puerta, ayudado por un foco interior, dando portazos.

Al final se sabe para qué sirven los grifos de la cabeza de caballo del burro despresivo: Echar café a unos vasitos para brindar con uno de los guerreros cavernícolas. Surrealismo que deprime.

La bola da vueltas sobre sí misma, y cuelga de ella una persona sin un verdadero sentido... o tal vez sea la nueva vida en gestación que nace al final. Una idea más sin desarrollar. Cada vez queda más patente que se deben haber olvidado de escribir un guión para dar coherencia al tema esbozado en tres líneas. La falta de contenido se intenta salvar con escenas exageradamente largas.

Salta un hombre desnudo, algo obeso, por la puerta, corre por el escenario y desaparece, vuelve vestido de un abrigo de pieles. ¿Morbosidad o morbididad?

La recompensa por el aguante del espectador es algo dulce: Tres máquinas de algodón de azúcar escupen tiras pegajosas de algodón por el escenario (que me hacían temer por mi ropa). Tal vez para simbolizar el paseo por el limbo, el purgatorio. También la bola gigante surrealista acaba empapada de azúcar, aunque al final se abre como una flor y da a luz un niño.

Todo ello se reduce a cinco, seis escenas largas sin contenido real, sin mensaje más allá del armario hablador. Y tras el nacimiento de la nueva vida, las pocas luces (del escenario y de los actuadores) se apagan y todo se queda en silencio, a lo que comento a mi acompañante que parece que se terminó. Tras un largo rato de espera, uno se atreve a aplaudir, y ¡efectivamente! el espectáculo había terminado (por fin). Pocos aplausos (yo di tres palmadas de cortesía contenida). Había que salir de allí. ¡Qué horror! Consiguieron crear un escenario de horror - pero no tanto por la temática, sino más bien por tener que aguantar semejante basura.

Es la diferencia entre teatro de calidad y mierda pinchada en un palo. Me parece bien que se experimente, pero al cambio de subvenciones públicas es preferible que se exija al menos algún esfuerzo intelectual y artístico a los artistas (o a los que pretenden convertirse en algo parecido).

Dudo que este fénix del algodón de azúcar vaya a tener mucho éxito. Se verá, a más tardar, cuando pongan en escena otra obra nueva.

Monster Truck se compone de Walter Freitag, Manuel Gerst, Matthias Meppelink, Sahar Rahimi, Cecilie Ullerup Schmidt, Ina Vera
Dirección de producción: Claudia Jansen

Una producción de Monster Truck, Forum Freies Theater [Foro Teatro Independiente] Düsseldorf, Kampnagel Hamburgo, Künstlerhaus Mousonturm [Casa de los Artistas Torre de Musón] Francfort del Meno y Sophiensäle [Salas de Sofía]. Con ayudas del Fondo Cultural de la Capital, del Ayuntamiento de Francfort del Meno – Concejalía de Cultura y Ciencia, así como del Ministerio de Ciencia y Arte del Estado Federado de Hesse.
Fotos: © Monster Truck

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