martes, 20 de enero de 2009

Llegó el O-Day: EE.UU. tiene nuevo Presidente

Ha llegado el gran día: Barack Obama ha sido investido Presidente de los Estados Unidos de América. La progresía europea salta de alegría y adora a su nuevo dios o santo de los milagros.

Obama no lo tiene fácil. Se enfrenta a una situación internacional más que tensa, con un conflicto bélico en el Próximo Oriente, una Rusia económicamente potente y ansiosa de recuperar su imperio perdido (para lo cual no duda en eliminar a cualquiera que opine libremente en su país), y una crisis económica y financiera nacida en buena parte en su propio país, pero por la globalización de la economía con efectos nefastos para todos los países del mundo.

Su discurso me ha parecido muy bueno, muy realista y muy integrador. Lo que distingue a los estadounidenses de los europeos es que ante nuevos retos hacen una piña en lugar de tirarse los trastos unos a otros. El acto multitudinario del juramento resultaba sencillo, como también han sido de buen gusto el concierto de cuerda inicial, la poesía leída tras el discurso y la intervención del sacerdote para bendecir el mandato de Obama. Ya podrían tomar ejemplo nuestros laicistas fanáticos, pues en EE.UU. aún se confía en Dios.

Como el discurso me ha parecido muy bueno y hasta emocionante -aunque no haya sido partidario de Obama- lo reproduzco a continuación:

Conciudadanos, estoy ante vosotros hoy con humildad por la tarea que tenemos ante nosotros, con gratitud por la confianza que habéis depositado en mí, pensando en los sacrificios que hicieron nuestros ancestros. También doy las gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra Nación, así como por la generosidad y cooperación que ha mostrado en esta transición.

Cuarenta y cuatro americanos han tomado el juramento de presidente, palabras habladas en momentos de prosperidad. Pero, de vez en cuando, este juramento se toma entre la amenaza de tormentas. En esos momentos, América ha salido adelante no sólo por su habilidad o su visión, sino porque el pueblo ha sido fiel a los principios fundacionales. Así ha sido y así debe ser para esta generación de americanos.

El hecho de que estemos en medio de una crisis todo del mundo lo entiende. Nuestra Nación está en una guerra contra una red de violencia y odio. Nuestra economía está muy debilitada como consecuencia de la avaricia y la irreponsabilidad de algunos, pero también por nuestros fracasos a la hora de preparar a la Nación para una nueva era. Se han perdido empleos, nuestra Sanidad es demasiado cara, en nuestras escuelas hay fracasos, y cada día se pone en evidencia que la forma en la que usamos la energía refuerza a nuestros adversarios y amenaza al planeta.

Ésos son los indicios de crisis, datos estadísticos. Lo que no se puede medir es la pérdida de confianza, el temor de que el declive es inevitable. Nuestra generación debe rebajar sus metas.

Hoy os digo los retos son reales, serios, muchos. No será fácil enfrentarlos a corto plazo, pero sabed esto: los enfrentaremos.

Estamos aquí juntos porque hemos escogido la esperanza frente al temor, la unidad de propósito frente al conflicto y la discordia. Hemos venido a proclamar el fin de los pequeños agravios y las falsas promesas, de las recriminaciones y viejos dogmas que durante demasiado tiempo han estrangulado a nuestros políticos.

Seguimos siendo una nación joven pero, tal y como dice la Biblia, ha llegado el momento de dejar aparte las cosas de infancia. Ha llegado el tiempo de reafirmar nuestro espíritu duradero y escoger lo mejor, de mantener ese preciado regalo, esa noble idea que ha pasado de generación en generación: la promesa dada por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres y todos merecemos la oportunidad de buscar la felicidad.

Al reafirmar la grandeza de nuestra Nación, somos conscientes de que la grandeza nunca es un regalo. Debe ganarse. Nuestro camino nunca ha sido de atajos o de conformarse con menos. No ha sido un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo o buscan sólo los placeres de la riqueza y la fama. Más bien, han sido los que han asumido riesgos, los que actúan, los que hacen cosas -algunos de ellos reconocidos, pero más a menudo hombres y mujeres desconocidos en su labor-, los que nos han llevado hacia adelante por el largo, escarpado camino hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros se llevaron sus pocas posesiones materiales y viajaron a través de los océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y se establecieron en el Oeste; soportaron el látigo y araron la dura tierra. Por nosotros lucharon y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.

Una y otra vez estos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener llagas en las manos para que pudiéramos tener una vida mejor. Veían a Estados Unidos más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales, más grande que todas las diferencias de origen, riqueza o facción.

Éste es el viaje que continuamos hoy. Seguimos siendo la Nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos inventivas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el tiempo del inmovilismo, de la protección de intereses limitados y de aplazar las decisiones desagradables, ese tiempo seguramente ha pasado. A partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y volver a empezar la tarea de rehacer Estados Unidos.

Porque allí donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía requiere una acción audaz y rápida y actuaremos no sólo para crear nuevos empleos sino para levantar nuevos cimientos para el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que alimentan nuestro comercio y nos mantienen unidos. Pondremos la ciencia en el lugar donde se merece y aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad de la sanidad y reducir su coste. Utilizaremos el sol, el viento y la tierra para alimentar a nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para hacer frente a las necesidades de una nueva era.

Todo esto podemos hacerlo. Y todo esto lo haremos.

Algunos cuestionan la amplitud de nuestras ambiciones y sugieren que nuestro sistema no puede tolerar demasiados grandes planes. Sus memorias son cortas. Porque han olvidado lo que este país ya ha hecho; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une al interés común y la necesidad a la valentía.

Lo que no entienden los cínicos es que el terreno que pisan ha cambiado y que los argumentos políticos estériles que nos han consumido durante demasiado tiempo ya no sirven.

La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno es demasiado grande o pequeño, sino si funciona -ya sea para ayudar a las familias a encontrar trabajos con un sueldo decente, cuidados que pueden pagar y una jubilación digna. Allí donde la respuesta es sí, seguiremos avanzando y allí donde la respuesta es no, pondremos fin a los programas. Y a los que manejamos el dinero público se nos pedirán cuentas para gastar con sabiduría, cambiar los malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día, porque sólo entonces podremos restablecer la confianza vital entre un pueblo y su gobierno.

La cuestión para nosotros tampoco es si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival, pero esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una Nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos. El éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de nuestro Producto Nacional Bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra habilidad de ofrecer oportunidades a todos los que lo deseen, no por caridad sino porque es la vía más segura hacia el bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, redactaron una Carta Magna para garantizar el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha expandido con la sangre de generaciones.

Esos ideales aún alumbran el mundo y no renunciaremos a ellos por conveniencia. Y a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales al pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es la amiga de cada Nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad y que estamos listos para asumir el liderazgo una vez más.

Recordad que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas alianzas y firmes convicciones. Comprendieron que nuestro poder solo no puede protegernos ni nos da derecho a hacer lo que nos place. Sabían, por contra, que nuestro poder crece a través de su uso prudente, que la seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las cualidades de la templanza, la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este patrimonio. Guiados de nuevo por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen aún mayor esfuerzo, incluso mayor cooperación y entendimiento entre las naciones. Comenzaremos a dejar Iraq, de manera responsable, a su pueblo, y forjar una paz ganada con dificultad en Afganistán.

Con viejos amigos y antiguos contrincantes, trabajaremos sin descanso para reducir la amenaza nuclear y hacer retroceder el calentamiento global.

No vamos a pedir perdón por nuestro estilo de vida, ni vamos a vacilar en su defensa, y para aquellos que pretenden lograr su fines mediante el fomento del terror y de las matanzas de inocentes, les decimos desde ahora que nuestra determinación es más fuerte. No podréis vencernos, nosotros os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia multiétnica es una fortaleza, no una debilidad. Somos una Nación de cristianos y musulmanes, judíos y e hindúes, y de no creyentes. Estamos formados por todas las lenguas y culturas, procedentes de cada rincón de esta Tierra; debido a que hemos probado el mal trago de la guerra civil y la segregación, y resurgido más fuertes y más unidos de ese negro capítulo, no podemos evitar creer que los viejos odios se desvanecerán algún día, que las líneas divisorias entre tribus pronto se disolverán; que mientras el mundo se empequeñece, nuestra humanidad común se revelará; y América tiene que desempeñar su papel en el alumbramiento de una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un camino juntos, con interés mutuo y respeto mutuo. A aquellos líderes en todo el planeta que buscan sembrar conflicto, o responsabilizar de los males de su sociedad a Occidente (les digo): sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que podéis construir, no por lo que destruyais.

A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y la represión de la disidencia, tenéis que saber que estáis en el lado equivocado de la Historia; pero os tenderemos la mano si estáis dispuestos a abrir el puño.

A los pueblos de las naciones más pobres, nos comprometemos a colaborar con vosotros para que vuestras granjas florezcan y dejar que fluyan aguas limpias; dar de comer a los cuerpos desnutridos y alimentar las mentes hambrientas.

Y a aquellas naciones que, como la nuestra, gozan de relativa abundancia, les decimos que no nos podemos permitir más la indiferencia ante el sufrimiento fuera de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros tenemos que cambiar con él.

Al contemplar la ruta que se despliega ante nosotros, recordamos con humilde agradecimiento a aquellos estadounidenses valientes quienes, en este mismo momento, patrullan desiertos lejanos y montañas distantes. Tienen algo que decirnos, al igual que los héroes caídos que yacen en (el cementerio nacional de) Arlington susurran desde los tiempos lejanos. Les rendimos homenaje no sólo porque son los guardianes de nuestra libertad, sino también porque encarnan el espíritu de servicio; la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Sin embargo, en este momento -un momento que definirá una generación- es precisamente este espíritu el que tiene que instalarse en todos nosotros.

Por mucho que el Gobierno pueda y deba hacer, en última instancia esta Nación depende de la fe y la decisión del pueblo estadounidense. Es la bondad de acoger a un extraño cuando se rompen los diques, la abnegación de los trabajadores que prefieren recortar sus horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo, lo que nos hace superar nuestros momentos más oscuros. Es la valentía del bombero al subir una escalera llena de humo, pero también la voluntad del progenitor de cuidar a un niño, lo que al final decide nuestra suerte.

Los retos pueden ser nuevos. Las herramientas con las que les hacemos frente pueden ser nuevas. Pero esos valores sobre los que depende nuestro éxito -el trabajo duro y la honestidad, la valentía y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- ésas cosas son viejas. Esas cosas son verdaderas. Han sido la fuerza silenciosa detrás de nuestro progreso durante toda nuestra historia.

Lo que se exige, por tanto, es el regreso a esas verdades. Lo que se nos pide ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos deberes para con nosotros, nuestra Nación, y el mundo, deberes que no admitimos a regañadientes, sino que acogemos con alegría, firmes en el conocimiento de que no hay nada tan gratificante para el espíritu, tan representativo de nuestro carácter que entregarlo todo en una tarea difícil.

Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía. Ésta es la fuente de nuestra confianza, el saber que Dios nos llama a dar forma a un destino incierto. Éste es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo, por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de todas las creencias pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica explanada porque un hombre, cuyo padre, hace menos de 60 años, no podía ni comer en un restaurante local, ahora está ante vosotros para prestar el juramento más sagrado.

Así que, señalemos este día haciendo memoria de quiénes somos y de lo largo que ha sido el camino recorrido. En el año del nacimiento de América, en uno de los meses más fríos, una reducida banda de patriotas se juntaba ante las menguantes fogatas en las orillas de un río helado. La capital se había abandonado. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en que el desenlace de nuestra revolución estaba más en duda, el padre de nuestra Nación mandó que se leyeran al pueblo estas palabras:

"Que se cuente al mundo del futuro que en las profundidades del invierno, cuando nada salvo la esperanza y la virtud podían sobrevivir ... la urbe y el país, alarmados ante un peligro común, salieron a su encuentro."

América, ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas, y aguantemos las tormentas que nos caigan encima.

Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos que permitir que este viaje terminase, no dimos la vuelta para retroceder, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios sobre nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.

Gracias. Que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

Obama no lo tiene fácil. Tampoco será él quien decida todo. Sobre todo no creo que en política exterior habrá grandes cambios. Ya en Berlín dejó muy claro el papel que tiene EE.UU. y la mentalidad que tiene de superpotencia, de modo que para Europa no será pan comido.

Lo que sí tengo claro -y lo he dicho anteriormente- es que Obama tendrá un estilo nuevo y más dinámico, algo que viene muy bien después de los ocho años de letargo de Bush. Casi ha sido un alivio ver a Bush partir hacia Tejas. Que sea un mandato exitoso y próspero y que Obama tenga buena mano con la política mundial. Los musulmanes y los rusos no se lo pondrán muy fácil. Dios le bendiga, lo necesitará.
Mi comentario sobre Obama en Berlín
Mi comentario sobre la victoria de Obama

2 comentarios:

Gutiforever dijo...

Su principal misión es reactivar la economia estadounidense y ahí va a centrar todos sus esfuerzos.
Si se lee su discurso con atención,esa es la prioridad y un canto a los viejos valores que conforman los EEUU.
Respecto a la política exterior(salvo gestos como el cierre de Guantánamo,cosa que pensaba hacer también Mc Cain),no va cambiar nada
Mano de acero en guante de seda,eso si,como gran gesto diferencial.

Martha Colmenares dijo...

Me encantó leer la entrada, Atreides. Siempre pendiente, pero he comenzado el año con este asunto de la enmienda inconstitucional, algo complicada. Las cosas aquí van de mal en peor.
Ojalá Obama logre recuperar el americanismo.
Abrazos