lunes, 9 de noviembre de 2009

Vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín - Aciertos y despropósitos

Después de tanto pesimismo que me causa el tema de la "reunificación" alemana, no quiero dejar de lado lo positivo de la caída del muro - o tal vez habría que decir derribo del muro de Berlín.

Hace veinte años el acontecimiento me cogió de sorpresa en Madrid. Hacía ya diez años que había dejado Alemania por considerarla un país acabado en muchos sentidos y por no coincidir con la mentalidad de lo que era el pueblo alemán en los años setenta, y eso siendo occidental, nacido en el oeste y criado en el oeste.

En aquellos años, aún no era tan fácil -por costoso- viajar espontáneamente en avión, y así tuve que contemplar el acontecimiento desde la televisión española, en la que se veía más a la presentadora que lo que ocurría realmente en la calle. A la mujer le gustaba salir en la cámara. Rosa María creo que se llama. Por suerte se jubiló. Foto: El día en que levantaron el muro, 13-08-1961.

Me dio pena no poder estar allí, subido al muro para desafiar a los polícias populares del este, incapaces de comprender lo que sucedía. Habría estado encantado de ondear una bandera prusiana allí arriba y saludar que cayera el muro de la vergüenza.

La zona soviética había sido una cárcel desde que el 13 de agosto de 1961 se levantara el muro. Los aliados occidentales lo sabían, pero los alemanes lógicamente no lo sabían. El levantamiento del muro fue un intento desesperado del régimen comunista para no quedarse sin mano de obra. Pero sólo prolongó la agonía de un estado que nunca llegó a desarrollarse más. Siempre se quedó en un estado de posguerra, con una sustancia cada vez más endeble. Foto: Restos del muro y torre de vigilancia en el Museo de los Aliados en Berlín-Reinickendorf (Oeste). Allí está la caseta original del Checkpoint Charly. Lo que han colocado en la calle es una imitación, y sólo por las protestas de haber eliminado la caseta original.

La apertura del muro no se produjo por casualidad. Ya en 1987 estaba claro que la zona soviética estaba a punto de liquidación por cierre de negocio. Esta situación de palpaba en las calles, en los comercios, en todo. En aquel año falleció mi abuela, que vivía en Berlín Oriental, y sé de qué estoy hablando. El abuelo se despidió justo un año antes. ¡Qué pena que ellos no pudieran vivir cinco años más y vivir aquello! ¡Qué pena más grande! Me asalta la emoción de pensarlo. Ella y el abuelo vivieron los restos de la Monarquía, la primera república, dos guerras mundiales y muchas penurias. Y dos dictaduras. ¡Qué castigo haber tenido que aguantarse por no haberse ido de allí a tiempo!

Hoy, su barrio es un barrio de lujo, animado, lleno de tiendas, bares, restaurantes. Las casas restauradas hasta con el estuco original. En 1987 sólo quedaba una tienda de alimentación casi sin alimentos, algún bar cutre con banderas comunistas y flores secas y poco más. Carros de carbón en las calles. Foto: En los sesenta, mucha gente sólo podía ver a los familiares así. Bueno, las casas junto al muro fueron derribadas al poco tiempo.

Andar por las calles de Berlín Oriental era deprimente. Para visitar a un familiar había que pasar por colas interminables en la Estación Friedrichstrasse, si llegaba uno en el S-Bahn, el metro de superficie, y pasar por tres o cuatro controles por el "Palacio de las Lágrimas", reducto histórico que Wowi también quería eliminar. Y no podías volver al oeste más tarde de las 0:00 horas del mismo día en el que habías entrado, pagando 5 Marcos occidentales por el visado y 25 Marcos occidentales de cambio obligatorio (1 DM = 1 Marco oriental). Si ibas en coche español, además te cobraban 10 Marcos occidentales de tasa de utilización de vías públicas. Ni en un parque de atracciones pagabas tanto. Pero aquello era un parque del atraco.
Tanto más me alegré de que cayera aquel régimen. Un régimen inhumano que hizo infeliz a tantos miles, cientos de miles y millones de alemanes durante cuatro décadas. Foto: El antiguo grandes almacenes de Jonas, cerca de la Plaza de Alejandro, servía durante la dictadura comunista como sede del Comité Central. Actualmente en restauración, es un monumento histórico artístico.

Recuerdo el día que fuimos a ver un terreno en el este, que era de mi abuelo, y que se lo había quedado un funcionario comunista. Ya entonces este gran hijo de puta tenía coches occidentales, equipo de música de Sony y no sé cuántas comodidades más del "oeste capitalista", del "enemigo de la clase obrera". ¡Hijo de puta! Le dije: Adiós, hasta la reunificación. Yo ni corto ni perezoso. ¡Cómo odiaba a esa gentuza! Y él me respondió: ¡No la habrá nunca jamás! Y yo: ¡La reunificación vendrá antes de lo que uno piensa! ¡Toma!, pensé. Y mi olfato no me engañó: dos años y medio más tarde llegó la reunificación.

Eso sí: El hijo de puta hoy tiene dos Mercedes de lujo delante de la puerta, y nos costó quince años recuperar aquello que había ocupado. ¿Curioso, no? Los opresores viven tan holgadamente desaparecido el régimen que los alimentaba.

Pero aquello no podía durar más. Por eso me alegro que cayera el muro de contención. Aunque, en realidad, vivíamos mejor sin ellos. Lo que choca es que los alemanes del este sean tan desagradecidos. Sólo se quejan y alaban lo bien que vivían antes. Pero ¿¡No han visto cómo vivían antes!? Aquello era denigrante. Y más de un alemán occidental dice que mejor que vuelvan a levantar el muro desde el oeste y que se pudran. Foto: Alemania dividida en 4 zonas de ocupación. Legalmente era la situación hasta 1990.

Es como cuando dicen ahora los tarados de IU que no celebran la caída del muro porque aquello parece que era mejor de lo que tienen hoy. Y me digo: ¿Por qué estos hijos de puta comunistas no se van a Cuba a vivir en el paraíso? Ah, ya. Ya decía yo. Allí como mucho reparten hostias, cuando aquí reparten otras cosas.
La unión exprés con el este fue un error, pero era inevitable. No se podía mantener por más tiempo un estado que no era sino un invento creado sobre la marcha para justificar la zona de ocupación soviética más allá de 1949. Y también fue un experimento para ver si cala el mensaje totalitario. No es que no calara, ahora un 30% de la población tiene graves desarreglos psíquico-mentales añorando aquello. También la izquierda alemana de socialistas y verdes estaban por reconocer al estado del este. Querían mantener el paraíso comunista sin tener que vivir en él. Foto: Los del este invadiendo Berlín Occidental en los días posteriores al 9 de noviembre. Como los gremlins cuando se caen al agua. Muchos de ellos iban a pillar, aunque fuesen ceniceros en los servicios públicos.


La unión se hizo, pero se hizo mal. Aún así la veía necesaria y oportuna. Lo que no veo oportuno es cómo de hizo: Diferenciando entre este y oeste más allá de lo tolerable. Prometiendo lo que no se podía cumplir, aparentemente con un total desconocimiento de la situación real de aquello. Para cualquier perito tenía que ser fácil calcular el coste de recuperación de cada calle. E incluso sin hacer cálculos, con sólo ver lo que había quedaba claro que no sólo el coste era inmenso, sino también el tiempo iba a ser largo. Y así hablaron de paisajes florecientes, y éstos del este, pensando que lo que no se hizo en 40 años, ahora se iba a hacer en dos días. Foto: La línea en la calzada que indica el paso del muro delante de la Puerta de Brandemburgo. Al menos las protestas por eliminar los vestigios del muro de la vergüenza han conseguido que en algunos puntos se vuelvan a colocar restos de muro y paneles explicativos.
Pienso que lo que tenían que haber hecho -dado que el coste iba a ser elevado en cualquier caso- era igualar inmediatamente a todos: en sueldos, en gastos, en derechos y en obligaciones. Nada de privilegios. Funcionarios comunistas a la calle todos. Y empezar en condiciones de igualdad entre este y oeste. Se habrían evitado todo el vocerío prepotente de los del este cebados durante veinte años con dinero occidental. Y de seguro el partido comunista SED-PDS-Die LINKE no estaría donde está. Foto: El asunto de la reconstrucción del Palacio Real es una muestra más de lo mal que están los alemanes en sus cabezas. Mientras, en Potsdam, capital de Brandemburgo, no tienen tantos comecocos absurdos. Y es que a los bolcheviques en el fondo lo que les mola es vivir en palacios reales.

Pero aún así, me alegro que al menos una parte de Alemania se haya recuperado. Podría haber sido más, pero los de aquí se cagaban la patiña abajo pensando en que iba a ser muy osado poner los tratados encima de la mesa. Me alegro poder ir en coche por Brandemburgo y ver los ríos Oder y Warthe sin tener que pasar por control alguno. Pero aún me queda una sensación de opresión. Foto: El primer ministro comunista Modrow anunciando la apertura del muro. Dicen que se equivocó, y voy y me lo creo. Esa gentuza no daba ni un paso en falso.
Dicen que el olor es diferente en el Oeste. Así es. Aún hoy es diferente. También la pinta de los del este es diferente a la nuestra, la de los occidentales. Ellos lo ven en el acto y enseguida te tratan malamente. Parece que en lugar de ir avanzando, vamos hacia atrás. Sólo que ellos ahora pueden vestir de Armani si quieren y comer lo que les apetezca.

En el este sigue oliendo mal después de veinte años. Hay sitios donde ya no. Con tanta construcción nueva, algo tiene que cambiar. Pero vete a Brandemburgo y ya verás. Para más inri, los brandemburguenses ahora vuelven a tener un gobierno social-comunista. Debe ser que añoran de verdad la opresión y la mala gestión. Como las ratas cuando vuelven a las alcantarillas. ¡Que les zurzan!

Pero aún así, me alegro de la caída del muro. Al menos hay más libertad, aunque en Berlín Occidental se vivía mejor con el muro. Yo cuando voy, el este casi ni lo piso. A un occidental nunca le quitarán esa sensación que le invade al traspasar la antigua línea de división, al menos a ninguno que ha tenido ocasión de conocer ambos lados antes de 1989. Y con los que gobiernan Berlín, los social-comunistas, esto no tiene pinta de cambiar. Foto: Las cruces en memoria de los que fueron abatidos y asesinados por los policías populares del este al intentar saltar a la libertad. Wowereit las quería eliminar. Otro hijo de...

Y con esto voy a terminar esta entrada de hoy sobre los sentimientos que me invaden en día tan señalado. La verdad es que no creo que Alemania tenga algún futuro real como nación. Tal vez lo tendría dividido en varios estados históricos. Pero ya no existe ni el pueblo alemán como lo que era hasta 1970 (ni mucho menos como lo que había sido hasta 1933), ni tiene aquello aspecto de evolucionar política y socialmente en la dirección correcta.

Pero aún así me alegro que ya no exista el muro.

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