domingo, 25 de julio de 2010

La degeneración provinciana de la política


España no es el único país europeo u occidental que hace gala de una degeneración progresiva de la política nacional y regional. El mismo mal acusan muchas otras naciones (¿o -visto lo visto-  debemos hablar sólo de estados de origen nacional?) dirigidas por el mismo tipo de políticos y al borde del abismo político y social, aunque no necesariamente económico, que también.

Alemania es un buen ejemplo para ello. Salvando diferencias, es un país que presenta los mismos síntomas de descomposición que España. Lo que aquí es el nacionalismo enfermizo en algunas regiones llamadas comunidades autónomas históricas (como si las demás no fueran igual de históricas que aquellas), en Alemania es la pérdida total de identidades regionales históricas a causa de un diseño de estado impuesto por potencias extranjeras y nunca superado precisamente por la ineptitud y falta de coraje de sus políticos.

Esta semana, el semanario suizo DIE WELTWOCHE publica varios artículos sobre este mismo fenómeno des descomposición tanto en Alemania como en Suiza. Resulta que también en Suiza hay muchos de estos tipejos de políticos, que parecen estar vendidos a intereses totalmente ajenos a sus países, dedicados en cuerpo y alma a la destrucción de sus patrias para servir a un poder en la sombra con objetivos que se parecen más a la dictadura global que a una comunidad internacional cada vez más democrática.

Un fenómeno llamativo de toda esta deriva es lo que apunta Henryk M. Broder en su artículo "República Colorida de Alemania". Parte en su análisis de la situación cada día más complicada de la política alemana, marcada por dimisiones en serie de pesos pesados del partido gobernante, dirigido de una forma más que discutible por la ex comunista de la extinta "RDA" Ángela Merkel, muy interesada en quitar de enmedio a todo el que pudiera hacerle sombra, lo que lleva a su partido y al país a la mediocridad política al más puro estilo provinciano de la república comunista de Alemania Central, con la agravante de que la mayor parte de su partido (CDU) es occidental, pero que no mueve ni un dedo para acabar con su propio hundimiento.

Hemos aquí las dimisiones: Roland Koch, ministro presidente del estado federado de Hesse, anunció  esta primavera su dimisión en el próximo mes de septiembre, por querer dedicarse a otras cosas que a quemarse aún más en el marasmo político alemán. Previamente había dimitido el ministro presidente del estado federado de Turingia tras haber perdido un elevado porcentaje de votos en las pasadas elecciones en su estado. En mayo también perdió más de 10 puntos el ministro presidente de la CDU en Renania del Norte Westfalia, donde gobierna ahora en minoría una coalición entre socialistas y verdes, con el objetivo claro de arruinar aún más las arcas de dicho estado federado. Después, Merkel no tuvo otra ocurrencia que quitarse a otro ministro presidente demasiado querido por los electores nombrándole candidato a presidente de la reopública federal: Christian Wulff, ministro presidente de Baja Sajonia. Y, finalmente, acaba de dimitir el ministro presidente del estado federado de la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo, el Primer Alcalde Ole van Beust, tras 9 años en el gobierno.

De golpe, Alemania se ha quedado sin personalidades. Me parece necesario que la política se renueve y que los altos cargos políticos no tengan más de dos legislaturas de permanencia en los cargos. Pero para que esta rotación sea efectiva también es importante que exista una cantera de nuevos dirigentes elegidos por las bases de sus partidos, y este no es el caso ni en Alemania ni en España, salvo honrosas excepciones.
Lo que Broder resalta en su artículo en Die Weltwoche es el hecho de que los políticos sólo tienen la voluntad de quedarse desmayados ante los retos. No quieren gobernar, sino "marcar el camino", "aportar ideas para el debate" y, sobre todo, "tender puentes". Esta filosofía también la comparte el nuevo presidente de la república Christian Wulff, más progre que los progres, el típico cobarde de la actual derecha conservadora europea devenida en tontos útiles de la izquierda radical. Wulff dijo en su discurso de investidura que quiere una "república colorida de Alemania" - una república en la que prevalecen los intereses y los derechos de los inmigrantes no integrados frente a los derechos inherentes a todo pueblo occidental de raíces cristianas y con una cultura propia. Wulff se parece mucho a Ruiz Gallardón.

Precisamente es esta cobardía que caracteriza a lo que antes esa la derecha conservadora de Europa y que se somete a la izquierda radical, que a su vez no es cobarde a la hora de imponer sus derivas ideológicas totalitarias a toda la sociedad, que al parecer se ha quedado huérfana de alternativas políticas para hacer frente al abandono sufrido por sus gobernantes.

La política europea no cuenta hoy con grandes hombres de estado como existían hace más de cien años. La ausencia de pensadores políticos con coraje suficiente para resistir a los embistes de la izquierda para crear sentimientos de culpabilidad y de duda sobre la vigencia de las ideas y los valores tradicionales de la Vieja Europa hace que la polkítica en general degenere en provincianismo. La falta de ilustración de la clase política conlleva su radicalización y su falta de respeto a los valores de la democracia verdadera, la democracia participativa y la voluntad popular. Es una nueva especie de feudalismo en el que los señores feudales autonombrados comisarios de la Unión Europea deciden por encima de los ciudadanos y sus parlamentos nacionales, creando situaciones de hecho e imponiendo leyes dictadas por gremios que nada tienen que ver con la democracia representativa.

Necesitamos una regeneración profunda de la política. Tiene que cambiar el estilo de hacer política. Pero para ello es precisa una renovación del pensamiento político y de todo el estamento actual de políticos. Se trata de una tarea complicada, porque los mediocres harán todo lo posible por impedir que se produzca un proceso de renovación de tal envergadura. Al final serán los ciudadanos que con su voto podrían facilitar este cambio. Pero, ¿van a ser capaces de escoger las alternativas?




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