viernes, 4 de febrero de 2011

Usura y restricciones de crédito en un país desacreditado

Según informa hoy El Confidencial, el crédito en España sigue estancado y, además, se sigue encareciendo, según la última encuesta de préstamos bancarios del Banco de España. Es un hecho que cualquiera puede comprobar al endurecer las entidades de crédito las condiciones para conceder financiación o simplemente al ver que las comisiones reducidas que regían el año anterior para operaciones como transferencias o ingresos de cheques ahora se aplican sin descuentos, llegando a veces al triple de lo que se pagaba en 2010.

También basta con informarse sobre los tipos de interés que se reciben como despositante en cuentas de ahorro tanto normales como unidas a planes de ahorro bonificados. Los bancos y las cajas de ahorros ahpra pagan entre un 0,5% y un 1%, incluso cuando las cuentas tienen restricciones para la disposición sobre los fondos ahorrados, lo que es normalmente un requisito para obtener bonificaciones o tipos más elevados de interés.

Toda esta práctica contrasta con los tipos de interés que cobran los bancos por sus créditos, especialmente los de disposición o de tarjetas de crédito. Mientras que una entidad de crédito corriente suele cobrar aproximadamente un 16%, algunas entidades dedicadas más a las tarjetas de crédito Visa llegan al 26,8% T.A.E. ¿Cómo es posible que el gobierno permita esta usura generalizada? Tiene que existir una correlación entre lo que pagan las entidades por los depósitos -que ellas prestan a sus clientes a estos elevadísimos tipos de interés- y lo que cobran por el dinero prestado.

Pero lo que cuenta para ellas es que han perdido mucho dinero con la especulación bursátil, la sobrevaloración de los inmuebles para conceder hipotecas elevadas que no se correspondían con el valor real de las viviendas, así como una gestión irresponsable -en el caso de las cajas de ahorros- de los fondos para financiar proyectos inmobiliarios con fines políticos sin ninguna rentabilidad más que para los gestores, como se ha podido comprobar en el caso del Aeropuerto de Ciudad Real.

Las entidades aseguran que han sufrido un aumento de los costes de la financiación mayorista a consecuencia de las turbulencias de los mercados de deuda en el cuarto trimestre, pero que eso no les ha llevado a endurecer las condiciones para la concesión de préstamos. Pero la realidad es otra.

Esto concuerda con las declaraciones de los gestores de la mayoría de bancos y cajas, que aseguran que, ante el desplome de los márgenes del negocio, no hay más remedio que elevar los tipos de interés -los diferenciales sobre el euribor- para trasladar al cliente el sobrecoste de financiarse en los mercados mayoristas. El problema es que, con el crédito estancado, esta subida puede aplicarse casi exclusivamente al crédito empresarial, que es el que se renueva, mientras que las hipotecas tienen un diferencial que no se puede elevar durante la vida del préstamo.

La demanda de crédito por parte de las empresas también se mantuvo estable cuando las previsiones de las entidades para el trimestre eran de una ligera expansión, lo que indica que la crisis económica no mejora en nuestro país. En el resto de la zona euro sí se aprecia un repunte de la demanda.

Todo ello contribuye a que el consumo siga bajando, el empleo no aumenta y las inversiones se pospongan sine die a la espera de una recuperación económica que en España parece estar aún muy lejos. Con un gobierno incapaz que en siete años no ha hecho el más mínimo esfuerzo para incentivar la actividad económica en España y el desánimo generalizado de la población que, si puede, busca empleo fuera del país, el cambio verdadero sólo llegará con un cambio de gobierno, aunque sea sólo para recuperar el ánimo y poder ver el futuro con ilusión y esperanza.

La pérdida de credibilidad de España con un jefe de gobierno desorientado y completamente fuera de lugar hace que cada vez sea más difícil atraer inversores y garantizar la continuidad de un tejido industrial y empresarial sólido. Nuestra situación es como la de Zapatero en la cumbre en Lisboa, donde se dedicó a buscar su sitio para disimular su incapacidad de entablar conversaciones con los grandes líderes del mundo, cuyos idiomas ni habla ni entiende, pero quedando como el tonto del pueblo al que se le permite estar sin hacerle el menor caso. Un país a la deriva, deambulando entre las grandes potencias y sin perspectivas de mantener un sitio de relevancia en el juego político mundial.



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